De forma cotidiana, es habitual que las personas usemos pequeñas mentiras u ocultemos algunas verdades que no es necesario sacar a relucir.
Esas pequeñas mentiras están presentes en nuestra relación con los demás, a veces incluso de forma inconsciente, y las solemos denominar “mentiras piadosas”.

Pero ¿qué ocurre en el terreno de la pareja? ¿Tienen aquí cabida las ocultaciones y las mentiras?
Lo más deseable en una relación de pareja es que exista plena transparencia por parte de ambos, evitando cualquier tipo de mentiras, incluso las pequeñas.

Algunas parejas llegan a terapia siendo conscientes de la existencia de esas mentiras, mientras que otras lo descubren con sorpresa.
Lo que es un hecho es que una pareja construida en base a engaños es una pareja que no posee unos pilares sólidos en los cuales sustentarse.
Por tanto, en cuanto esas mentiras salen a la luz (algo que suele pasar la mayoría de veces, antes o después), la relación inevitablemente va a tambalearse, poco o mucho, dependiendo de la gravedad de las mentiras y de la relevancia que hayan tenido en el contexto de la pareja.

Tanto en las relaciones de pareja como en otros contextos, las personas utilizamos la mentira con dos posibles objetivos: conseguir un beneficio o evitar un perjuicio.

Es normal que en algunas ocasiones nos veamos tentados a utilizar la mentira, que suele ser, a corto plazo, un camino más sencillo que la verdad.
Pero si las mentiras en el seno de la relación de pareja se convierten en algo continuado y habitual, casi necesario para uno de los miembros o para ambos, hay algo que está fallando.

Si las mentiras se repiten y continúan extendiéndose en el tiempo, la pérdida de confianza es prácticamente inevitable. Permanecer en una relación en la que no existen confianza, seguridad, comunicación y comprensión supone un desgaste muy intenso para los dos.