Tics y hábitos nerviosos

Montserrat Guerra
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Tics y hábitos nerviosos en niños y adolescentes: qué son, causas y cuándo consultar
Los tics y hábitos nerviosos en niños y adolescentes pueden aparecer en momentos de tensión, ansiedad, cambios emocionales, cansancio o etapas de mayor sensibilidad, y suelen generar muchas dudas en madres, padres y cuidadores. A veces se presentan como parpadeos, movimientos de cabeza, muecas, carraspeos, morderse las uñas, tocarse el pelo o pequeñas conductas repetitivas que desconciertan porque parecen involuntarias o difíciles de frenar, sobre todo cuando aumentan precisamente en los momentos en los que más se intenta que desaparezcan.
Cuando esto ocurre, es frecuente que la familia se pregunte si es algo pasajero, si conviene darle importancia, si hay que corregirlo, si puede estar relacionado con ansiedad o si es una señal de un problema mayor. También es habitual confundir tics, hábitos nerviosos, manías y conductas repetitivas distintas que no siempre significan lo mismo. Por eso esta página está planteada como una guía clara, amplia y prudente, pensada para orientar sin alarmar y para ofrecer un marco de comprensión más útil y más sereno.
En Psicólogos Santander trabajamos terapia con adolescentes a partir de 16 años y con adultos. La información sobre infancia y adolescencia temprana que encontrarás aquí tiene un carácter orientativo y puede ayudar a familias que desean comprender mejor lo que están observando. En España se habla de adolescencia desde edades más tempranas, y por eso esta página incluye también referencias a esa etapa, pero es importante dejar claro que la atención terapéutica del gabinete se realiza desde los 16 años en adelante.
Índice de contenidos
- Qué son los tics y hábitos nerviosos en niños y adolescentes
- Cómo se manifiestan en la vida diaria
- Qué son los tics
- Qué son los hábitos nerviosos
- Ejemplos frecuentes
- Tics nerviosos en niños
- Tics y hábitos nerviosos en adolescentes
- Diferencia entre tics, hábitos nerviosos y Tourette
- Posibles causas y factores que influyen
- Impacto emocional y en la vida cotidiana
- Qué pueden hacer los padres en casa
- Cuándo conviene consultar
- Orientación profesional y límites de atención
- Preguntas frecuentes
- Recurso complementario en radio
Lo más habitual
Parpadeo repetido, muecas, carraspeo, movimientos de cabeza, morderse las uñas, tocarse el pelo, rascarse o repetir ciertos gestos en momentos de tensión.
Lo que más preocupa
Que aumenten con el tiempo, que llamen la atención en el colegio o el instituto, que el menor lo pase mal o que pueda haber detrás algo más complejo.
Lo que suele ayudar
Entender bien el problema, observar sin alarmismo, reducir tensión, evitar la corrección constante y buscar orientación cuando hay malestar o persistencia.
Qué son los tics y hábitos nerviosos en niños y adolescentes
Los tics y hábitos nerviosos en niños y adolescentes son conductas repetitivas que pueden aparecer en distintas etapas del desarrollo y que, aunque a veces se parecen entre sí, no son exactamente lo mismo. En ambos casos puede dar la impresión de que el menor “no puede evitarlo del todo”, especialmente cuando está cansado, nervioso, aburrido, sobreestimulado o atravesando un periodo de cambios emocionales importantes.
Los tics suelen vivirse como movimientos o sonidos involuntarios, rápidos y repetitivos. Los hábitos nerviosos, por su parte, tienden a ser comportamientos repetitivos más complejos que cumplen una función de alivio o descarga, como morderse las uñas, tocarse la piel, retorcerse el pelo o morderse el interior de la boca. A veces ambos fenómenos se mezclan, y desde fuera no resulta fácil distinguirlos. De hecho, muchas familias usan las mismas palabras para hablar de cosas que clínicamente conviene diferenciar.
Lo importante no es obsesionarse con clasificar a toda prisa, sino entender qué está ocurriendo, en qué momento aparece, cuánto afecta al bienestar del menor y cómo está reaccionando el entorno. Hay situaciones transitorias y benignas, y otras en las que merece la pena pedir una valoración más ordenada. Entre ambos extremos hay muchos matices, y esa es una de las razones por las que esta información puede resultar tan útil.
En el Gabinete de Psicólogos Santander trabajamos con adolescentes a partir de 16 años y con adultos. La información sobre infancia y adolescencia temprana que aparece aquí está pensada para orientar a las familias con una mirada prudente, humana y clara.
Cómo se manifiestan en la vida diaria
En la práctica cotidiana, los tics y hábitos nerviosos en niños y adolescentes pueden manifestarse de muchas maneras. A veces el menor parpadea más de la cuenta, mueve la cabeza, hace una mueca breve o carraspea repetidamente. En otras ocasiones se muerde las uñas, se rasca, gira mechones de pelo, se toca los labios, repite un gesto con los dedos o hace pequeños movimientos que la familia percibe como “raros” o “muy de nervios”.
Un detalle importante es que estas conductas no siempre aparecen cuando el entorno piensa que “deberían aparecer”. Hay niños que muestran más tics en épocas de estrés, exámenes o cambios escolares. Otros los presentan más cuando llegan a casa y se relajan. En adolescentes puede ocurrir algo parecido: se contienen bastante durante el día y luego, al bajar la guardia, salen más. Este funcionamiento desconcierta mucho, porque desde fuera parece contradictorio. Sin embargo, no lo es: el cuerpo a veces descarga cuando encuentra un margen de soltura o de agotamiento.
También es habitual que estas conductas sean más intensas cuando se señalan constantemente. La mirada del adulto influye. Si cada gesto se convierte en motivo de corrección, el menor puede ponerse más tenso, vigilarse más y entrar en una espiral de incomodidad. Por eso una parte importante del manejo consiste en mirar con calma, comprender el fenómeno y no responder automáticamente con reproches o exigencias de control que, por muy bienintencionadas que sean, pueden empeorar la situación.
Qué son los tics
Los tics son movimientos o sonidos involuntarios, rápidos y repetitivos. Suelen aparecer de forma súbita, a veces con una sensación previa de tensión o necesidad interna, y se alivian momentáneamente cuando se realizan. Entre los ejemplos más conocidos están el parpadeo excesivo, las muecas faciales, los movimientos de cuello, el encogimiento de hombros, el carraspeo o ciertos sonidos breves que parecen salir solos.
En muchos niños y adolescentes los tics son transitorios. Pueden durar un tiempo, cambiar de forma o disminuir con la maduración, el descanso o la reducción de tensión. En otros casos se mantienen más, y ahí es donde la familia suele empezar a preocuparse más. La clave no es solo cuánto duran, sino qué impacto tienen: si generan malestar, si llaman mucho la atención, si interfieren en la vida escolar o social o si se acompañan de una carga emocional importante.
Cuando se habla de tics, conviene evitar tanto el dramatismo como la minimización excesiva. No todo tic implica un cuadro grave, pero tampoco es útil decir “no pasa nada” si el menor está sufriendo, si se siente muy observado o si el entorno está reaccionando de forma que aumenta su tensión. Comprender el síntoma con matices ayuda más que buscar explicaciones absolutas.
Tics y hábitos nerviosos: tics motores y tics vocales
Los tics motores afectan al movimiento. Los ejemplos más frecuentes son parpadear mucho, arrugar la nariz, hacer muecas, mover la cabeza, levantar los hombros o repetir pequeños gestos con manos y brazos. Los tics vocales implican sonidos, como carraspear, aclararse la garganta, olfatear, repetir un sonido o emitir pequeños ruidos.
Ambos tipos pueden aparecer por separado o combinarse. En la vida cotidiana, lo importante no es solo ponerles nombre, sino observar en qué contextos aumentan, cuánto malestar generan y cómo se está viviendo el problema dentro de la familia y por parte del menor.
Tics y hábitos nerviosos: tics simples y complejos
Los tics simples suelen ser breves y afectar a una zona concreta o a un sonido corto. Los tics complejos implican secuencias más elaboradas, varios músculos o movimientos algo más organizados. Esta diferencia puede ser útil para describir lo que se observa, pero no debe vivirse como una alarma automática: el sentido clínico siempre depende del conjunto y no solo del nombre de la categoría.
Qué son los hábitos nerviosos
Los hábitos nerviosos suelen ser conductas repetitivas más largas o más complejas que un tic, y con frecuencia tienen una función de descarga, alivio o autorregulación. El menor puede morderse las uñas, retorcerse el cabello, tocarse la piel, morderse el labio, rascarse, manipular una zona del cuerpo o repetir ciertos gestos en momentos de tensión, aburrimiento, inquietud o concentración.
A veces estos comportamientos aparecen de forma bastante automática. Otras veces el niño o el adolescente sabe que lo hace, pero dice que le cuesta mucho evitarlo. En algunas situaciones funcionan como una especie de calmante momentáneo. El problema es que, si se repiten mucho, pueden consolidarse, generar vergüenza o producir incluso pequeñas lesiones físicas, como piel irritada, uñas dañadas o labios resentidos.
No todos los hábitos nerviosos indican un problema clínico importante. Muchos son frecuentes en determinados momentos del desarrollo y disminuyen con el tiempo. Lo que conviene valorar es si se han vuelto persistentes, si son muy intensos, si están claramente relacionados con tensión emocional o si el menor lo está viviendo con malestar. También es importante considerar el impacto familiar, porque a veces el hábito en sí es moderado, pero el conflicto que se crea a su alrededor lo complica todo mucho más.
Ejemplos frecuentes
Dentro de los tics y hábitos nerviosos en niños y adolescentes hay ejemplos bastante comunes que suelen despertar preocupación. Entre los tics, los más frecuentes suelen ser el parpadeo repetido, las muecas faciales, los movimientos de cuello, los carraspeos, los sonidos breves o los encogimientos de hombros. Entre los hábitos nerviosos, aparecen mucho la onicofagia o morderse las uñas, retorcerse el pelo, manipular la piel, morderse el interior de la boca, tocarse constantemente algunas zonas del rostro o del cuerpo o repetir pequeños gestos de autoestimulación.
En algunos casos, el entorno tiende a llamarlo todo “tic”. En otros, se usa la palabra “manía” para todo. Sin embargo, una misma palabra puede confundir más que ayudar. No porque haga falta convertir la casa en una consulta clínica, sino porque entender bien lo que se ve facilita reaccionar de forma más adecuada y menos impulsiva. No es lo mismo un carraspeo repetitivo que morderse las uñas por ansiedad, aunque ambos entren dentro de ese gran grupo de conductas repetitivas que preocupan a las familias.
También es importante recordar que algunos de estos comportamientos aparecen ligados a etapas concretas: inicio de curso, cambios de rutina, problemas con amigos, exigencia escolar, separaciones, tensiones familiares o etapas de mucha sensibilidad emocional. Mirar el momento vital da tanta información como observar el gesto en sí.
Tics nerviosos en niños
Los tics nerviosos en niños son relativamente frecuentes y, en muchos casos, transitorios. Pueden aparecer sin una causa clara o intensificarse en etapas de tensión, cambios o cansancio. Algunas familias se asustan mucho cuando los ven por primera vez, sobre todo si afectan a la cara o a la garganta, porque son más llamativos. Sin embargo, no siempre se trata de un problema grave ni de algo que vaya a cronificarse.
En la infancia conviene observar con calma. Si el tic aparece en un momento concreto y luego disminuye, si no produce un gran malestar y si el niño sigue con su vida con normalidad, muchas veces basta con acompañar, reducir presión y no centrar toda la atención familiar en ese síntoma. Lo que sí suele empeorar la situación es convertirlo en un foco de vigilancia constante, regañarle cada vez que aparece o pedirle que lo pare como si dependiera solo de voluntad.
Hay niños que viven estos tics con mucha naturalidad y otros que se avergüenzan enseguida, especialmente si alguien del entorno se lo señala. Por eso resulta tan importante cuidar la forma de hablar de ello en casa, en el colegio y delante de otros familiares. El objetivo no es negar que ocurre, sino no convertirlo en una fuente añadida de tensión.
Tics y hábitos nerviosos en adolescentes
Los tics y hábitos nerviosos en adolescentes merecen una atención especial porque la adolescencia es una etapa de gran sensibilidad emocional, mucha comparación social y gran preocupación por la imagen personal. En España, la adolescencia empieza antes, y por eso muchas familias buscan información ya desde los 12 años. Aun así, en nuestro gabinete la atención terapéutica se realiza a partir de los 16 años, y esta precisión conviene mantener clara para evitar malentendidos.
En la adolescencia, tanto los tics como los hábitos nerviosos pueden vivirse con más vergüenza que en la infancia. El adolescente suele ser más consciente de cómo le miran los demás, puede temer quedar en evidencia y, al mismo tiempo, no querer hablar demasiado del tema. Algunos se enfadan si se les señala, otros intentan ocultarlo y otros se obsesionan bastante porque sienten que el síntoma les representa injustamente ante sus compañeros.
Entre los comportamientos más habituales en estas edades están el parpadeo, los movimientos de cuello o rostro, el carraspeo, tocarse el pelo, morderse las uñas, morderse el interior de la boca, pellizcarse la piel o repetir pequeños gestos que aumentan en momentos de nerviosismo, presión académica o ansiedad social. Cuando estos fenómenos generan mucha autoobservación, malestar o aislamiento, la comprensión psicológica del problema se vuelve especialmente importante.
Importante: esta página orienta sobre infancia y adolescencia, pero la terapia psicológica en el gabinete se realiza con adolescentes desde los 16 años y adultos. En adolescentes más pequeños, esta información puede ser útil para la familia como primera guía de comprensión.
Diferencia entre tics, hábitos nerviosos y síndrome de Tourette
Una de las dudas más frecuentes es si todo esto puede ser síndrome de Tourette. La respuesta es que no. Tener un tic o varios tics no implica automáticamente ese diagnóstico. El síndrome de Tourette es un cuadro concreto, con unos criterios determinados, que requiere valoración clínica y no debe deducirse de forma apresurada leyendo una lista de síntomas en internet.
La diferencia más útil para las familias suele ser esta: el tic se parece más a un movimiento o sonido involuntario, rápido y repetitivo; el hábito nervioso se parece más a una conducta repetitiva que descarga tensión o calma momentáneamente. El Tourette, por su parte, es un cuadro específico que no se puede concluir simplemente porque un niño parpadee mucho o porque un adolescente carraspee de forma repetida.
Esta aclaración es importante porque el miedo a “que sea algo grave” aumenta mucho la ansiedad familiar. Y esa ansiedad, aunque comprensible, a veces empeora el problema, porque hace que todos estén demasiado pendientes del síntoma. Contar con información clara y prudente ayuda a salir de ese bucle y a mirar lo que ocurre con más realidad.
Causas de los tics y hábitos nerviosos
Las causas de los tics y hábitos nerviosos en niños y adolescentes no suelen ser únicas. Lo más habitual es que influyan varios factores a la vez. Puede haber una mayor sensibilidad del sistema nervioso, una etapa de cansancio, una situación de estrés escolar, conflictos en el entorno, presión social, ansiedad, tendencia a descargar tensión a través del cuerpo o simplemente un patrón que en algún momento dio alivio y se ha ido repitiendo.
- Estrés o ansiedad: cambios, exámenes, presión escolar, inseguridad o tensión emocional pueden favorecer la aparición o el aumento de estas conductas.
- Cansancio: la fatiga física y mental suele empeorar tanto los tics como algunos hábitos nerviosos.
- Aburrimiento o infracarga: en algunos niños y adolescentes aparecen más cuando están poco estimulados o esperando.
- Autoobservación: cuando el menor se da mucha cuenta de lo que le pasa, la tensión puede aumentar.
- Patrones aprendidos de alivio: algunos hábitos nerviosos se consolidan porque relajan momentáneamente.
- Mayor sensibilidad personal: no todos los niños responden igual al mismo contexto; algunos somatizan o descargan tensión a través del cuerpo con más facilidad.
Más que buscar una sola causa cerrada, suele ayudar pensar en qué está pasando alrededor del síntoma: qué momento vital atraviesa el menor, qué cambios ha habido, cuánto descanso tiene, cómo vive el colegio o el instituto, qué clima emocional hay en casa y cómo está reaccionando el entorno cuando aparece el comportamiento.
Impacto emocional y en la vida cotidiana
El impacto de los tics y hábitos nerviosos en niños y adolescentes depende mucho de cómo se vivan y de cómo reaccione el entorno. Hay casos en los que apenas interfieren y otros en los que generan una mezcla de vergüenza, irritación, miedo a que se note o discusiones constantes en casa. A veces el malestar del menor es claro; otras veces parece que “no le da importancia”, pero lo que ocurre es que no sabe bien cómo explicarlo o prefiere evitar hablar del tema.
En el ámbito escolar o social, estos comportamientos pueden llamar la atención de otros niños o adolescentes, y eso puede aumentar la autoconciencia. El menor puede empezar a sentirse observado, corregido o distinto. No siempre se llega al acoso o al rechazo, pero sí puede aparecer inseguridad, inhibición o necesidad de controlar demasiado lo que hace. En ese punto, el problema deja de ser solo el tic o el hábito nervioso y pasa a incluir la vivencia emocional asociada.
También en la familia puede generarse tensión. A veces uno de los padres minimiza y el otro se angustia mucho. O se producen correcciones constantes porque ver el síntoma crea nerviosismo. Con frecuencia, sin mala intención, se termina creando un clima de vigilancia que aumenta la presión sobre el menor. Entender este mecanismo es muy importante para no reforzarlo.
Qué pueden hacer los padres en casa
- Observar con calma antes de sacar conclusiones rápidas o alarmarse de inmediato.
- Evitar regañar, ridiculizar o corregir constantemente cada tic o cada hábito nervioso.
- Mirar el contexto: descanso, exámenes, tensión, cambios emocionales, conflictos o sobrecarga.
- Hablar del tema con naturalidad y sin convertirlo en el centro de toda la vida familiar.
- Reducir la presión y la vigilancia cuando el síntoma está siendo muy señalado.
- Pedir orientación si persiste, aumenta o genera malestar claro en el menor o en la convivencia.
En muchas familias se nota una mejoría cuando se baja el tono de alarma y se sustituye la corrección constante por una actitud más comprensiva, organizada y menos impulsiva.
Qué suele empeorar el problema
Hay varios elementos que, sin ser la causa de fondo, sí suelen empeorar los tics y hábitos nerviosos en niños y adolescentes. Uno de los más habituales es la corrección continua. Cuando el menor escucha muchas veces “deja de hacerlo”, “para ya”, “no te toques”, “estate quieto” o “te van a mirar”, la tensión aumenta y, con ella, la probabilidad de repetir el comportamiento.
También empeora mucho el exceso de atención familiar al síntoma. Si cada tic se comenta, se revisa o se interpreta como un signo grave, el entorno entero se vuelve más ansioso. En adolescentes, otro factor importante es la vergüenza: si sienten que se les observa o se les corrige delante de otros, el impacto emocional suele ser mayor. En niños, el cansancio y los cambios de rutina también tienen bastante peso.
Por eso, incluso cuando todavía no se sabe bien si hace falta consulta o no, una buena medida inicial suele ser reducir presión, observar con más criterio y no pelearse continuamente con el síntoma. Esto no significa ignorarlo, sino manejarlo con más inteligencia emocional.
Cuándo conviene consultar
No todo tic ni todo hábito nervioso requiere una intervención inmediata, pero sí hay situaciones en las que pedir orientación resulta especialmente razonable. Cuando las conductas se prolongan en el tiempo, aumentan, generan malestar importante o interfieren en la vida cotidiana, conviene dejar de improvisar y valorar el caso con una mirada más ordenada.
- Cuando el síntoma dura y no parece remitir con el tiempo.
- Cuando interfiere en el colegio, en el instituto, en las relaciones o en el bienestar general.
- Cuando el menor se avergüenza mucho o evita situaciones por miedo a que se note.
- Cuando la familia está muy preocupada y el clima en casa se está tensando.
- Cuando hay dudas claras sobre si se trata de tics, hábitos nerviosos u otra dificultad asociada.
- Cuando aparecen junto a ansiedad intensa, cambios emocionales importantes o malestar mantenido.
Consultar no significa dramatizar. Muchas veces significa justamente lo contrario: dejar de dar vueltas, ordenar la situación y actuar con más calma. La información adecuada reduce incertidumbre y evita tanto el alarmismo como la minimización excesiva.
¿Buscas un psicólogo para este tema?
En Psicólogos Santander trabajamos con adolescentes a partir de 16 años y con adultos. Si el problema está generando ansiedad, malestar o muchas dudas, una valoración profesional puede ayudarte a entender mejor la situación.
Orientación profesional y límites de atención
Esta página tiene una vocación claramente orientativa y educativa. Está pensada para ayudar a familias que buscan entender mejor los tics y hábitos nerviosos en niños y adolescentes y quieren una explicación más sensata y más humana. En el gabinete no se plantea esta página como una promesa de terapia infantil general. La atención terapéutica se realiza con adolescentes desde 16 años y adultos.
Esto no quita valor a la información sobre edades más tempranas. Al contrario: muchas veces una familia necesita primero comprender lo que está viendo para reaccionar mejor en casa, reducir presión y decidir con más serenidad los siguientes pasos. En adolescentes desde 16 años, la intervención psicológica puede ser especialmente útil cuando hay ansiedad, vergüenza, gran autoobservación o un impacto claro en autoestima y funcionamiento diario.
Si te interesa una visión más centrada en el problema desde la perspectiva del malestar y el tratamiento, puedes ampliar información en la página específica sobre tics nerviosos. Si buscas una visión más general de clasificación y tipos, también puede ayudarte la página sobre tics.
Recurso complementario en radio
Si prefieres ampliar este tema con un formato más cercano y conversado, puedes escuchar la intervención de Montserrat Guerra en radio. Es un recurso de apoyo útil para comprender mejor cómo se viven los tics, cómo influye la ansiedad y por qué a veces el entorno familiar necesita también una mirada más serena y organizada.
También puede interesarte ampliar información sobre ansiedad y estrés y sobre tics nerviosos.
Preguntas frecuentes
¿Qué son los tics y hábitos nerviosos en niños y adolescentes?
Son conductas repetitivas que pueden aparecer en distintas etapas del desarrollo. Los tics suelen ser movimientos o sonidos involuntarios, rápidos y repetitivos. Los hábitos nerviosos suelen ser comportamientos más complejos que ayudan a descargar tensión, como morderse las uñas o tocarse el pelo.
¿Es normal que aparezcan tics en niños?
Sí, en muchos casos los tics en niños son relativamente frecuentes y transitorios. Lo importante es observar si persisten, si aumentan mucho o si generan un malestar significativo.
¿Los hábitos nerviosos tienen relación con la ansiedad?
Con bastante frecuencia sí. Muchos hábitos nerviosos aparecen o aumentan en momentos de tensión, ansiedad, aburrimiento, inseguridad o sobrecarga emocional.
¿Es lo mismo un tic que el síndrome de Tourette?
No. Tener uno o varios tics no implica automáticamente síndrome de Tourette. El Tourette es un cuadro específico que requiere una valoración clínica concreta.
¿Qué no conviene hacer en casa?
No suele ayudar regañar, ridiculizar, corregir constantemente o convertir el síntoma en el centro de toda la atención familiar. Estas reacciones pueden aumentar la tensión y empeorar el problema.
¿A partir de qué edad trabajáis terapia?
En el gabinete trabajamos terapia con adolescentes a partir de los 16 años y con adultos. La información sobre edades más tempranas tiene carácter orientativo para las familias.
¿Cuándo merece la pena pedir orientación profesional?
Cuando los tics o hábitos nerviosos persisten, aumentan, interfieren en la vida cotidiana, generan mucha vergüenza o están creando tensión importante en casa o en el entorno escolar.
Una mirada más tranquila y más útil
Cuando una familia observa tics y hábitos nerviosos en niños y adolescentes, lo más habitual es que se active la preocupación. Esa preocupación es comprensible, pero no siempre ayuda si se transforma en vigilancia continua, miedo o corrección impulsiva. Lo que más suele aliviar al principio es entender mejor el fenómeno, ponerlo en contexto y salir de la idea de que todo lo que es visible y repetitivo tiene que significar necesariamente algo grave.
La experiencia clínica muestra que muchas veces mejora mucho la convivencia cuando se reduce el tono de alarma y se sustituye por una observación más ordenada, una comunicación más calmada y una forma de acompañar menos centrada en el control inmediato. Y cuando hace falta ayuda, también resulta importante llegar a ella desde la claridad, no desde el pánico.
Si estás leyendo esto porque en casa os preocupa lo que está ocurriendo, quizá el primer paso no sea encontrar una respuesta total e inmediata, sino empezar a mirar el problema con más comprensión, menos culpa y mejores herramientas. A veces eso ya cambia mucho la manera de vivirlo.
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