Problemas de alimentación en adolescentes: cuándo preocuparse y cómo ayudar
Tu hijo o tu hija empieza a comer menos. De repente elimina alimentos que antes tomaba con normalidad, pregunta por las calorías, dice que está gordo/a, quiere hacer más ejercicio o parece incómodo/a cuando la familia propone salir a comer. Quizá todavía no existe un trastorno de la conducta alimentaria grave, pero como madre o padre notas que algo ha cambiado.
Muchas familias llegan a consulta precisamente en este punto. No porque exista necesariamente anorexia, bulimia u otro TCA claramente establecido, sino porque observan que el adolescente está empezando a tener una relación más tensa con la comida, el peso o su cuerpo.
Este momento es importante. No conviene alarmarse ante cada cambio propio de la adolescencia, pero tampoco es necesario esperar a que el problema sea grave para pedir orientación.
Una valoración psicológica puede ayudar a entender si estamos ante inseguridades propias de una etapa de cambio, una preocupación corporal que está creciendo, ansiedad, autoestima baja, alimentación emocional o señales iniciales de un problema que necesita más atención.
¿Esta página es para vosotros?
Esta página está pensada para familias que están detectando señales iniciales o moderadas en la relación de su hijo o hija adolescente con la comida y el cuerpo.
“Empieza a quitar alimentos”
Deja de tomar pan, pasta, postres u otros alimentos que antes formaban parte de su alimentación y explica que “engordan” o que ya no son saludables.
“Dice que está gordo/a”
Se muestra cada vez más crítico/a con su cuerpo, se compara o habla continuamente de zonas que no le gustan.
“Pregunta por calorías”
Empieza a interesarse de forma insistente por cantidades, ingredientes o valor energético de los alimentos.
“No quiere comer con nosotros”
Evita determinadas comidas familiares, pone excusas o intenta organizar sus horarios para comer de forma diferente.
“Se culpa después de comer”
Se arrepiente de haber tomado determinados alimentos o comenta que tendrá que compensarlos posteriormente.
“Está demasiado pendiente del ejercicio”
Siente ansiedad cuando no puede entrenar o empieza a utilizar el ejercicio para compensar lo que ha comido.
Estas señales no significan automáticamente que exista un TCA. Sí indican que merece la pena observar qué está ocurriendo y valorar si el adolescente necesita apoyo.
“No sé si estoy exagerando o si realmente debería preocuparme”
Esta duda es muy frecuente entre madres y padres. La adolescencia implica cambios importantes en el cuerpo, mayor comparación con los demás, preocupación por la imagen y deseo de autonomía.
Por eso no todo comentario sobre el peso ni todo cambio en la alimentación significa que exista un problema psicológico.
Sin embargo, el contexto importa. Una frase aislada no es lo mismo que escuchar durante semanas comentarios negativos sobre el cuerpo. Decidir comer menos dulce durante unos días no es lo mismo que empezar a eliminar grupos completos de alimentos.
Lo que debe llamar nuestra atención es el cambio sostenido. ¿Ha cambiado su manera de comer? ¿Su estado de ánimo? ¿Su forma de vestir? ¿Su relación con el ejercicio? ¿Evita planes que antes disfrutaba?
También conviene observar cuánto sufrimiento aparece. Un adolescente puede seguir yendo al instituto y obtener buenas notas mientras desarrolla una preocupación creciente por comida y cuerpo.
No debemos esperar necesariamente a que el funcionamiento se deteriore por completo.
Señales que quizá estás viendo en casa
- Empieza a reducir las cantidades que come.
- Elimina alimentos que antes consumía con normalidad.
- Pregunta cada vez más por calorías o ingredientes.
- Dice con frecuencia que está gordo/a o que necesita adelgazar.
- Se mira mucho al espejo o evita mirarse.
- Se compara con compañeros, influencers o personas de redes sociales.
- Se pesa con frecuencia.
- Se prueba varias veces la ropa antes de salir.
- Evita comer delante de otras personas.
- Empieza a saltarse desayunos o cenas.
- Pone excusas para no participar en comidas familiares.
- Se muestra irritable cuando se habla de comida.
- Se siente culpable después de comer determinadas cosas.
- Hace ejercicio incluso cuando está cansado/a o lesionado/a.
- Se enfada si no puede entrenar.
- Habla mucho de “comer limpio”, “quemar”, “compensar” o “portarse bien”.
- Ha empezado a evitar celebraciones o planes relacionados con comida.
- Su autoestima parece cada vez más ligada al cuerpo.
No hace falta que aparezcan todas estas señales. Una combinación de varias, especialmente si se mantiene en el tiempo, puede justificar una valoración.
Los problemas con la comida en la adolescencia no siempre empiezan de forma evidente
Muchas veces no aparece de repente una negativa completa a comer. El cambio puede ser mucho más gradual.
Primero se elimina un alimento. Después otro. Más tarde aparece preocupación por el peso, necesidad de entrenar más o miedo a salir a cenar.
La familia puede interpretar inicialmente estos cambios como interés por la salud.
Y en algunos casos realmente lo son. El problema aparece cuando ese supuesto cuidado empieza a estar dirigido por miedo, ansiedad y rigidez.
El adolescente deja de tener capacidad para adaptarse. Una comida diferente produce nerviosismo. Un día sin entrenamiento provoca culpa. Una fotografía puede cambiar el estado de ánimo.
En ese punto conviene mirar más allá de la alimentación y preguntar qué está ocurriendo emocionalmente.
Por qué puede empezar un adolescente a preocuparse demasiado por la comida
Cambios corporales
Durante la adolescencia el cuerpo cambia rápidamente y no siempre al mismo ritmo que el de los compañeros.
Comparación social
La necesidad de pertenecer al grupo puede hacer que las diferencias corporales adquieran mucha importancia.
Redes sociales
La exposición continua a determinados cuerpos puede aumentar comparación e insatisfacción.
Comentarios
Una burla, una crítica o un comentario aparentemente pequeño sobre el cuerpo puede tener gran impacto.
Autoestima
Cuando el adolescente se siente inseguro, la apariencia puede convertirse en una forma de buscar aceptación.
Necesidad de control
En etapas de estrés o incertidumbre, controlar comida y cuerpo puede generar sensación temporal de seguridad.
Redes sociales, influencers y comparación corporal
Los adolescentes han crecido en un entorno visual muy diferente al de generaciones anteriores.
En pocos minutos pueden observar decenas de cuerpos, rutinas de ejercicio, dietas, transformaciones físicas y mensajes relacionados con apariencia.
Muchos contenidos se presentan como salud, disciplina o estilo de vida, pero pueden transmitir de manera implícita la idea de que existe un cuerpo correcto.
Además, los algoritmos aprenden rápidamente. Si un adolescente empieza a buscar contenido sobre adelgazar, calorías o ejercicio, puede recibir cada vez más publicaciones similares.
Esto genera una burbuja en la que parece que todo el mundo está preocupado por su cuerpo.
No se trata necesariamente de prohibir redes sociales. Puede ser más útil hablar sobre el tipo de contenido que consume, cómo se siente después de verlo y qué cuentas aumentan su inseguridad.
Ayudar al adolescente a desarrollar una mirada crítica resulta más sostenible que intentar controlar cada publicación que aparece en su teléfono.
No siempre es solo una cuestión de imagen corporal
En algunos adolescentes la relación con la comida está conectada principalmente con la imagen corporal. En otros intervienen también ansiedad, impulsividad, estrés, aburrimiento o dificultad para regular emociones.
Puede ocurrir que durante el día apenas coman y después lleguen a casa con mucha hambre. O que recurran a comida cuando están saturados, enfadados o tristes.
También puede existir una gran dificultad para mantener horarios y rutinas.
Por eso una valoración psicológica no debería partir de la idea de que todos los problemas alimentarios adolescentes son iguales.
Necesitamos comprender qué función está teniendo la comida y qué otros aspectos emocionales o conductuales están influyendo.
Cuando empieza a aparecer miedo a engordar
Una señal que merece atención es que el adolescente empiece a hablar repetidamente del miedo a aumentar de peso.
Puede evitar alimentos porque cree que van a hacerle engordar, preocuparse después de una comida o sentirse inseguro si durante varios días no puede hacer ejercicio.
El miedo puede aparecer incluso aunque no exista ningún cambio corporal significativo.
En estos casos conviene evitar responder únicamente con “pero si estás delgado/a”. Esa frase puede tranquilizar durante unos minutos, pero también puede reforzar la idea de que estar delgado es precisamente aquello que garantiza que todo está bien.
Es más útil preguntar qué significa para él o ella engordar. ¿Qué cree que ocurriría? ¿Le preocupa dejar de gustar? ¿Ser criticado? ¿Sentirse fuera del grupo?
Si este aspecto ocupa una parte importante del problema, puedes consultar nuestro contenido específico sobre miedo a engordar.
Cuando el adolescente empieza a rechazar su cuerpo
La adolescencia trae consigo cambios físicos que no siempre son fáciles de integrar.
El cuerpo infantil desaparece y aparecen características nuevas. El adolescente puede sentir que su aspecto cambia demasiado rápido o que no encaja con el de sus compañeros.
Puede empezar a ocultarse con ropa, evitar fotografías, mirarse mucho al espejo o hablar constantemente de determinadas partes del cuerpo.
En algunos casos deja de hacer actividades que antes disfrutaba porque siente vergüenza.
Esto puede ocurrir sin que exista todavía un problema alimentario grave.
Precisamente por eso resulta útil intervenir cuando la relación con el cuerpo empieza a condicionar autoestima y vida cotidiana.
Si este es el aspecto predominante, puedes ampliar información en nuestra página sobre imagen corporal e insatisfacción corporal.
“Se siente culpable después de comer”
La culpa es otra señal que conviene observar.
El adolescente puede decir que no debería haber tomado postre, que ha comido demasiado o que al día siguiente tendrá que compensarlo.
En ocasiones la familia considera que se trata simplemente de comentarios propios de la edad.
Pero si se repiten y van acompañados de restricción o cambios de comportamiento, merece la pena explorarlos.
La culpa puede convertir una comida normal en una experiencia emocionalmente difícil.
Además, puede conducir al ciclo de comer, arrepentirse, restringir y volver a llegar con mucha hambre a la siguiente comida.
Puedes consultar también nuestro contenido sobre culpa después de comer.
Cuando come por ansiedad, aburrimiento o tristeza
No todos los problemas con la alimentación en adolescentes tienen que ver con restricción.
Algunos jóvenes utilizan la comida para regular emociones.
Pueden llegar a casa del instituto muy saturados y empezar a picar. Otros recurren a determinados alimentos cuando están aburridos, solos o preocupados.
Esto no significa automáticamente que exista un trastorno por atracón.
La cuestión es observar si la comida se está convirtiendo en una de las únicas formas de calmarse.
En estos casos puede ser necesario trabajar ansiedad, regulación emocional, rutinas y reconocimiento de necesidades.
Si esta es la dificultad principal, puedes consultar nuestra página sobre hambre emocional y comer por ansiedad.
Cuando empieza a haber pérdida de control con la comida
Algunos adolescentes pueden alternar periodos de restricción con momentos en los que sienten que pierden el control.
Esto puede ocurrir especialmente después de muchas horas comiendo poco o cuando se acumulan estrés y cansancio.
La persona puede comer muy rápido, hacerlo a escondidas o sentirse muy culpable después.
Un episodio aislado no permite hablar de un trastorno por atracón.
Sin embargo, si la pérdida de control se repite conviene realizar una valoración específica.
También es importante preguntar qué ocurre después. Si aparecen vómitos, ayuno, ejercicio compensatorio u otras conductas, la situación necesita una valoración más especializada.
Puedes consultar nuestra página sobre trastorno por atracón.
Qué decir cuando estás preocupado/a
Habla de lo que observas
“He notado que últimamente algunas comidas te preocupan mucho” suele ser mejor que “tienes un problema con la comida”.
Pregunta antes de interpretar
“¿Hay algo que te esté preocupando de tu cuerpo?” abre más espacio que asumir inmediatamente lo que está ocurriendo.
Habla del malestar
Puede ser más útil centrarse en cómo se siente que discutir sobre cantidades.
Escucha
El adolescente puede tardar en explicar qué ocurre. Evitar responder demasiado rápido ayuda a que siga hablando.
Transmite preocupación, no acusación
“Me preocupa verte sufrir” suele generar menos resistencia que “tienes que dejar de hacer esto”.
Propón ayuda
Presentar la consulta como un espacio para entender qué ocurre puede reducir el miedo a ser etiquetado/a.
Qué conviene evitar decir
La intención de los padres suele ser ayudar, pero algunas respuestas pueden aumentar sin querer la inseguridad o el secretismo.
- “Pero si estás delgadísima/o”.
- “Eso son tonterías de la edad”.
- “Come y deja de pensar tanto”.
- “Hay gente con problemas de verdad”.
- “Si no comes te vas a poner enfermo/a”.
- “Tienes que dejar de mirar redes sociales”.
- “Te estás obsesionando”.
- “Antes comías de todo y estabas bien”.
- “Lo que necesitas es fuerza de voluntad”.
No significa que una frase desafortunada vaya a provocar un problema alimentario. Se trata simplemente de favorecer una conversación en la que el adolescente pueda explicar qué le ocurre sin sentirse juzgado.
No conviene convertirse inmediatamente en policía de la comida
Cuando los padres se preocupan, es comprensible que empiecen a vigilar.
Preguntan cuánto ha comido, observan el plato, revisan si ha desayunado o controlan qué alimentos desaparecen.
En situaciones graves puede ser necesario un control familiar estructurado dentro de un tratamiento especializado.
Pero en dificultades iniciales, una vigilancia improvisada puede aumentar tensión y hacer que el adolescente oculte más su comportamiento.
El objetivo es comprender antes de controlar.
Conviene distinguir entre supervisar de forma responsable a un menor y convertir cada comida en un interrogatorio.
Una valoración profesional puede ayudar a la familia a saber cuánto intervenir y de qué manera.
¿Qué hacer si mi hijo/a no quiere ir al psicólogo?
Esta es una de las situaciones que más preocupa a las familias.
El adolescente puede responder: “no me pasa nada”, “el problema lo tenéis vosotros” o “no pienso ir”.
Obligar sin explicar suele aumentar resistencia, especialmente si interpreta que acudir al psicólogo significa que la familia considera que está enfermo/a.
Puede ser útil presentar la consulta de una manera diferente.
No necesariamente como “vamos porque tienes un trastorno”, sino como “nos preocupa que estés sufriendo con este tema y queremos que puedas hablar con alguien que no sea tu padre o tu madre”.
También es importante permitir que tenga cierta participación en el proceso.
En ocasiones los padres pueden realizar primero una consulta de orientación para explicar qué están observando y recibir pautas sobre cómo abordar la conversación.
Si existe riesgo físico importante, la situación cambia. Cuando la salud está comprometida, los adultos responsables deben buscar atención aunque el adolescente inicialmente no esté de acuerdo.
Cómo puede ser una primera valoración
Una primera consulta no parte automáticamente de un diagnóstico.
Queremos entender qué ha cambiado, desde cuándo, qué preocupaciones tiene el adolescente y cómo está viviendo la familia la situación.
Puede ser importante conocer cómo eran anteriormente las comidas, qué alimentos ha eliminado, si existe miedo al peso y cuánto espacio ocupa la imagen corporal.
También se exploran ansiedad, autoestima, estado de ánimo, relaciones sociales, instituto, estrés y uso de redes.
Cuando existen episodios de pérdida de control, se analiza qué sucede antes y después.
Cuando existe ejercicio intenso, se valora si se realiza por disfrute, deporte o como forma de compensación.
Además, se revisan posibles señales de riesgo que indiquen que el caso necesita otro tipo de recurso.
La finalidad es saber qué está ocurriendo y qué intervención es adecuada, no colocar una etiqueta lo antes posible.
Qué tipo de dificultades podemos trabajar
Cuando la situación es ambulatoria y no existe un TCA grave que requiera otro nivel asistencial, podemos trabajar aspectos como:
Miedo inicial a engordar
Cuando empieza a condicionar decisiones pero todavía no existe un cuadro grave.
Insatisfacción corporal
Comparación, inseguridad, rechazo del cuerpo y autoestima excesivamente ligada a la apariencia.
Culpa con la comida
Sentirse mal después de comer determinados alimentos o necesitar compensar.
Rigidez alimentaria
Reglas cada vez más estrictas, alimentos prohibidos y dificultad para adaptarse a situaciones normales.
Alimentación emocional
Uso frecuente de la comida para aliviar ansiedad, tristeza, estrés o aburrimiento.
Autoestima
Cuando la valoración personal depende demasiado del cuerpo, el peso o la aprobación de los demás.
Cuándo necesitamos un recurso especializado en TCA
Esta página está pensada para dificultades iniciales o moderadas. Hay situaciones en las que la prioridad debe ser un recurso sanitario especializado en trastornos de la conducta alimentaria.
Es especialmente importante buscar una valoración especializada cuando existen pérdida importante de peso, desnutrición, restricción grave, vómitos provocados, purgas, uso de laxantes, deterioro físico, desmayos, alteraciones médicas, ejercicio compensatorio intenso, incapacidad para mantener una alimentación suficiente o riesgo autolesivo.
También puede ser necesario un nivel asistencial más intenso cuando el funcionamiento cotidiano se ha deteriorado mucho o existe un TCA claramente establecido que supera el ámbito de una intervención ambulatoria general.
Reconocer estos límites forma parte de una atención responsable.
En esos casos orientaremos a la familia hacia el recurso adecuado.
Cómo puede ayudar la psicología en fases iniciales
Comprender qué ocurre
Identificar qué ha cambiado y qué factores están manteniendo la preocupación.
Trabajar autoestima
Reducir la dependencia de apariencia, peso y aprobación social.
Mejorar imagen corporal
Reducir comparación, comprobaciones y evitación.
Regular emociones
Aprender otras maneras de afrontar ansiedad, tristeza, frustración o estrés.
Reducir rigidez
Revisar pensamientos de todo o nada y reglas que están haciendo más difícil la relación con la comida.
Orientar a la familia
Ayudar a los padres a saber qué hacer, qué observar y cómo comunicarse.
El papel de la familia puede ser muy importante
En la adolescencia el trabajo psicológico no siempre consiste únicamente en hablar con el joven.
La familia puede desempeñar un papel importante en la detección temprana, la comunicación y la creación de un entorno menos centrado en peso y apariencia.
A veces conviene revisar determinados hábitos familiares. Por ejemplo, hablar constantemente de dietas, criticar cuerpos, comentar cuánto engorda un alimento o utilizar el peso como tema habitual de conversación.
Esto no significa culpabilizar a los padres. La mayoría de estas expresiones forman parte del lenguaje cotidiano y muchas veces se dicen sin intención negativa.
La intervención puede ayudar a identificar qué mensajes conviene modificar y qué respuestas pueden ser más útiles.
También resulta importante reducir discusiones constantes alrededor de la mesa cuando todavía no existe una indicación clínica que exija otro tipo de intervención.
El objetivo es que la familia pueda ser una fuente de apoyo y no convertirse en otro espacio de vigilancia o conflicto.
El adolescente necesita sentir que la consulta también es su espacio
Para que la terapia funcione, el adolescente necesita sentir que no está simplemente sentado delante de un adulto que va a transmitir todo a sus padres.
La confianza es especialmente importante en esta etapa.
Eso no significa excluir a la familia. Significa equilibrar la participación de los padres con un espacio propio para el adolescente.
En situaciones de riesgo o cuando existe información relevante para la seguridad, será necesario implicar a los adultos responsables.
Pero en el trabajo cotidiano conviene respetar un espacio de intimidad terapéutica.
Esto favorece que el adolescente pueda hablar de inseguridades, comparaciones, relaciones, redes sociales o pensamientos que quizá le resulte difícil expresar en casa.
¿Hay que esperar a que el adolescente reconozca que tiene un problema?
No necesariamente.
En fases iniciales es frecuente que el adolescente no perciba la situación de la misma manera que los padres.
Puede considerar normal eliminar determinados alimentos o pensar que preocuparse mucho por el cuerpo forma parte simplemente de cuidarse.
La familia tampoco necesita diagnosticarlo para pedir orientación.
Puede consultar porque ha detectado cambios y quiere saber si debe hacer algo.
En algunos casos, una primera orientación a padres puede ser suficiente para establecer pautas de observación.
En otros será recomendable valorar directamente al adolescente.
Lo importante es no convertir la duda en una razón para esperar indefinidamente mientras los cambios siguen aumentando.
Qué podéis observar durante las próximas semanas
Si todavía no sabéis si existe realmente un problema, puede ser útil observar cambios de manera tranquila.
No recomendamos convertirlo en una vigilancia obsesiva ni revisar todo lo que hace.
Podéis fijaros en si la variedad alimentaria disminuye, si aparecen nuevas prohibiciones o si cada vez existen más excusas para no comer con la familia.
También conviene observar el estado de ánimo alrededor de las comidas.
¿Se pone más nervioso/a antes de cenar? ¿Está irritable si se cambia el menú? ¿Pregunta varias veces qué ingredientes lleva algo?
Otro aspecto importante es el ejercicio. ¿Puede descansar sin sentirse culpable? ¿Entrena estando enfermo/a o lesionado/a? ¿El ejercicio parece una obligación?
Por último, observad si el problema está reduciendo actividades. Evitar cumpleaños, viajes, playa, piscina o comidas sociales puede indicar que comida y cuerpo están adquiriendo demasiado peso psicológico.
Información que puede ayudarte según lo que estés observando
Miedo a engordar
Si el principal cambio es el miedo a subir de peso y empieza a restringir alimentos.
Imagen corporal
Si se compara, rechaza su cuerpo, evita fotografías o vive demasiado pendiente del aspecto.
Culpa después de comer
Si después de ciertas comidas aparece arrepentimiento o necesidad de compensar.
Hambre emocional
Si la comida aparece principalmente para gestionar ansiedad, estrés o aburrimiento.
Trastorno por atracón
Si aparecen episodios recurrentes de pérdida de control al comer.
Anorexia y bulimia
Si existen restricción importante, purgas u otros indicadores de un TCA más grave.
Recursos complementarios para adolescentes y familias
Estos recursos no sustituyen una valoración psicológica ni el tratamiento cuando existe un problema de alimentación. Pueden servir como apoyo para trabajar áreas relacionadas como autoestima, ansiedad y pensamientos negativos.
Autoestima: Aprender a querer(me)
Un recurso relacionado con autoconcepto, valoración personal y la forma de relacionarse con uno mismo.
Ansiedad y regulación emocional
Puede resultar útil cuando la preocupación corporal o alimentaria aparece acompañada de ansiedad y tensión.
Pensamientos negativos y autoexigencia
Ayuda a explorar pensamientos y creencias que pueden aumentar inseguridad, culpa y malestar emocional.
¿Qué me está pasando realmente?
Un recurso para explorar de forma más amplia cómo se encuentra emocionalmente la persona y qué áreas necesitan atención.
Preguntas frecuentes de madres y padres
¿Cómo sé si mi hijo/a tiene un problema con la comida?
No existe una única señal. Conviene observar cambios sostenidos en cantidades, variedad de alimentos, miedo al peso, culpa, ejercicio, comparación corporal y vida social. Una valoración profesional puede ayudar cuando existen dudas.
¿Es normal que un adolescente diga que está gordo/a?
Puede aparecer inseguridad corporal durante la adolescencia. Lo importante es observar si se trata de un comentario puntual o si se convierte en una preocupación recurrente que modifica alimentación, estado de ánimo o conducta.
¿Debo obligarle a comer?
Depende de la situación. En un TCA grave puede ser necesaria una intervención familiar estructurada dentro de un tratamiento especializado. En dificultades iniciales no conviene improvisar un sistema de control sin valorar primero qué está ocurriendo.
¿Qué hago si no quiere hablar conmigo?
Puede ser útil transmitir disponibilidad sin interrogatorios. A veces el adolescente habla mejor cuando siente que no tiene que defenderse. También puede resultar más sencillo hablar con un profesional externo.
¿Qué hago si no quiere ir al psicólogo?
Puede presentarse la consulta como un espacio para entender qué está ocurriendo y no como una confirmación de que tiene un trastorno. Los padres también pueden solicitar primero una orientación sobre cómo plantearlo.
¿Debería quitarle Instagram o TikTok?
No necesariamente. Puede resultar más útil analizar qué contenido consume y cómo le afecta. En algunos casos sí será recomendable establecer límites, pero una prohibición general no siempre aborda el problema de fondo.
¿Decirle que está delgado/a ayuda?
Puede tranquilizar momentáneamente, pero también puede reforzar la idea de que estar delgado/a es aquello que garantiza que todo va bien. Es preferible explorar qué le preocupa realmente.
¿Puede tener un problema aunque siga comiendo?
Sí. Los problemas con la alimentación no siempre implican dejar de comer. Puede existir miedo, culpa, rigidez, atracones, alimentación emocional o preocupación corporal aunque aparentemente continúe realizando comidas.
¿Puede tener un problema aunque no haya perdido peso?
Sí. El peso no permite determinar por sí solo cuánto sufrimiento existe ni qué relación tiene el adolescente con la comida.
¿Deberíamos dejar de hablar de dietas en casa?
Puede ser útil reducir conversaciones constantes sobre peso, calorías, cuerpos o necesidad de adelgazar. No porque una conversación provoque por sí sola un problema, sino porque el entorno puede reforzar determinados mensajes.
¿Cuándo hay que pedir ayuda de forma urgente?
Cuando existe deterioro físico, desmayos, restricción grave, vómitos provocados, purgas, pérdida importante de peso, incapacidad para mantener una alimentación suficiente, riesgo autolesivo u otros indicadores médicos importantes.
¿Es mejor intervenir pronto o esperar a ver si se le pasa?
Si existen cambios sostenidos que aumentan progresivamente, una valoración temprana puede ser útil. Consultar no significa necesariamente iniciar un tratamiento largo ni asumir un diagnóstico.
No hace falta esperar a que exista un TCA grave para pedir orientación
Muchas familias creen que solo deben consultar cuando el adolescente ha dejado de comer, ha perdido mucho peso o existe un diagnóstico claro.
Pero entre una relación completamente tranquila con la comida y un trastorno alimentario grave existe un espacio amplio en el que pueden aparecer miedo, culpa, restricción, inseguridad corporal y pérdida de flexibilidad.
Ese momento puede ser una oportunidad para comprender qué está ocurriendo y evitar que el problema siga creciendo.
¿Te preocupa cómo está empezando a relacionarse tu hijo/a con la comida?
Si has notado cambios en su alimentación, miedo a engordar, culpa, comparación corporal, exceso de ejercicio o una preocupación que cada vez ocupa más espacio, puedes solicitar una primera orientación.
Atendemos a adolescentes y familias presencialmente en Santander y valoramos cada caso de forma individual. Si detectamos señales de un TCA grave que necesite un recurso especializado, os orientaremos hacia el nivel de atención adecuado.
