

Imagen para la página de recursos sobre personas con alta sensibilidad (PAS).
La relación con la madre es, para muchas personas, una de las más intensas y duraderas de toda la vida. No se queda en la infancia ni desaparece cuando nos hacemos adultos: cambia, se reordena, pero sigue influyendo (a veces sin que nos demos cuenta) en cómo nos sentimos, cómo nos tratamos y cómo nos relacionamos con los demás.
Con los años, es frecuente descubrir que el malestar no nace solo de lo que pasa hoy, sino de dinámicas que vienen de lejos: la necesidad constante de agradar, el miedo a decepcionar, la culpa al poner límites o esa mezcla de cariño y distancia que duele, pero parece inevitable.
Hablar de la relación con la madre no es cuestionar el amor ni buscar culpables. Es comprender qué lugar seguimos ocupando emocionalmente cuando ya no somos niños, pero a veces seguimos sintiéndonos como tales.
Este tema lo aborda Montserrat Guerra en el programa Más de uno Cantabria de Onda Cero, con Javier Barbero. Si prefieres escucharlo en audio, puedes hacerlo en este enlace al programa (minuto 1:18:30).
También puedes leer más sobre cómo abordar vínculos difíciles en el artículo “Mala relación con mi madre: cómo entenderla sin culpas”.
Aunque seamos adultos independientes, este vínculo suele activar una “memoria emocional” muy antigua.
Estudios europeos sobre experiencias adversas en la infancia (ACEs) indican que un 42% de jóvenes adultos reportan abuso emocional, y un 25% negligencia emocional. No significa que toda relación complicada con la madre venga de ahí, pero sí que los vínculos tempranos dejan huella profunda.
Esta ambivalencia es más común de lo que parece. Es posible querer a tu madre y, al mismo tiempo, sentirte tenso/a, pequeño/a o culpable en su presencia.
El malestar no suele ser irracional: responde a la activación del sistema de apego. Este se enciende ante ciertas claves como:
💡 La culpa no siempre es una brújula fiable. Muchas veces es el resultado de haber aprendido que poner límites es “ser mala hija” o “egoísta”.
No se trata de inmadurez, sino de que el vínculo activa una parte interna más antigua. Algunas señales:
Sí, con un matiz importante: mejorar no siempre significa “acercarse más”, sino reducir el coste emocional del vínculo. Es decir: menos culpa, menos conflicto repetido, más estabilidad interna.
Si el vínculo con tu madre te deja con ansiedad, culpa constante, bloqueo emocional o agotamiento, es un buen momento para abordarlo en terapia. No se trata de “arreglarla a ella”, sino de que tú te sientas más fuerte, claro y libre desde tu adultez.
Mejorar la relación con mi madre no siempre implica más cercanía. A veces implica más límites, más claridad y menos culpa. Cambiar tu posición en el vínculo puede transformar la experiencia emocional, incluso si ella sigue siendo la misma. Y cuando tú cambias por dentro, el vínculo también lo hace por fuera.